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La dispraxia en los niños: síntomas y soluciones

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¿Qué es la dispraxia en los niños?

La dispraxia infantil, también conocida clínicamente como trastorno del desarrollo de la coordinación (TDC), es un trastorno del desarrollo que afecta a la capacidad del niño para planificar y ejecutar movimientos coordinados. Aunque no afecta a la inteligencia, puede interferir de manera significativa en las actividades cotidianas y en el rendimiento académico. La dispraxia, que suele manifestarse por primera vez en la primera infancia, se caracteriza por dificultades persistentes de coordinación motora que van más allá de las variaciones típicas del desarrollo.

Niños con dispraxia pueden tener dificultades tanto con las habilidades motoras gruesas (como correr o saltar) como con las habilidades motoras finas (como escribir o abrocharse los botones de una camisa). Estas dificultades pueden hacerse evidentes cuando un niño no alcanza de forma sistemática los hitos motores, tiene dificultades para jugar o muestra un equilibrio deficiente. Aunque muchos niños se desarrollan a ritmos diferentes —hay una gran variabilidad entre ellos—, las dificultades persistentes en la planificación motora, las tareas de motricidad fina o las actividades físicas pueden ser un signo precoz.

Según el Manual Diagnóstico y Estadístico (también conocido como «manual estadístico»), la DCD se clasifica entre los trastornos mentales debido a su impacto en el desarrollo y el funcionamiento del niño. Aunque se trata de una afección que dura toda la vida, con el apoyo adecuado y una intervención temprana, los niños con dispraxia pueden desarrollar estrategias para afrontarla, participar en la educación física y aprender nuevas habilidades con el tiempo.

Trastorno del desarrollo de la coordinación: una perspectiva clínica

En términos clínicos, el trastorno del desarrollo de la coordinación (TDC) es el diagnóstico oficial de lo que comúnmente se conoce como dispraxia. Tal y como se describe en el manual diagnóstico y estadístico, el TDC es un trastorno del desarrollo neurológico que afecta principalmente a la coordinación motora y a la capacidad para realizar actividades cotidianas que requieren movimiento.

El DCD suele hacerse evidente a una edad temprana, cuando el niño empieza a no alcanzar los hitos motores esperados. Entre ellos pueden figurar gatear, caminar o realizar tareas de motricidad fina adecuadas para su edad. La afección suele hacerse más evidente durante la etapa escolar, especialmente cuando las dificultades motoras afectan al rendimiento en el aula y a la participación en actividades físicas.

Esta afección no está provocada por un retraso intelectual ni por enfermedades neurológicas, aunque puede presentarse junto con otros trastornos, como el trastorno del espectro autista o los problemas de atención. También se conocen algunos factores de riesgo, como un peso muy bajo al nacer, los antecedentes familiares y las complicaciones que afectan al sistema nervioso. El TDC se considera una afección crónica que puede persistir hasta la edad adulta si no se trata.

Los profesionales sanitarios recurren a pruebas estandarizadas, a la observación y a la información aportada por la familia para establecer un diagnóstico definitivo. Comprender el TDC desde un punto de vista clínico ayuda a los padres y a los educadores a reconocer a tiempo los signos más comunes y a buscar intervenciones adecuadas, como la fisioterapia y la terapia ocupacional.

Cómo reconocer los primeros síntomas de la dispraxia

Síntomas de la dispraxia A menudo aparecen en la primera infancia, pero pueden confundirse con torpeza o con retrasos típicos del desarrollo. Uno de los signos más comunes es la dificultad para la planificación motora, es decir, la capacidad de pensar y ejecutar movimientos en el orden correcto. Esto puede afectar tanto a las habilidades motoras gruesas (por ejemplo, saltar o montar en bicicleta) como a las habilidades motoras finas (por ejemplo, dibujar o utilizar cubiertos).

Otros indicadores tempranos son la dificultad para aprender rutinas físicas, la falta de equilibrio y la dificultad para jugar de forma coordinada con otros niños. Algunos niños presentan retrasos en los movimientos oculares y en la percepción visomotora, lo que puede afectar a la lectura y la escritura. Si no se tratan, estos síntomas pueden dar lugar a una baja autoestima, problemas de atención y un bajo rendimiento escolar.

Dado que el desarrollo de los niños varía mucho de uno a otro, es fundamental vigilar la constancia y la gravedad de los síntomas. Cuando las dificultades motoras interfieren en las actividades cotidianas y en el aprendizaje, resulta crucial consultar a profesionales sanitarios, especialmente a psiquiatras infantiles o especialistas en desarrollo, para que realicen una evaluación temprana y proporcionen apoyo educativo.

Síntomas comunes de la dispraxia en los niños

Child handling small wooden toy pieces, showing fine motor coordination challenges

Identificar el síntomas de la dispraxia es un paso fundamental para buscar una intervención temprana. Los niños con dispraxia pueden tener dificultades para atarse los cordones de los zapatos, cortar con tijeras o mantener una postura correcta. Estas dificultades reflejan retrasos en las habilidades motoras finas, las habilidades motoras gruesas y la coordinación motora.

Algunos niños tienen dificultades para seguir el ritmo de sus compañeros durante las clases de educación física o las actividades físicas, y pueden mostrarse retraídos o frustrados. Es posible que un niño se caiga, tropiece o choque contra objetos con frecuencia, lo que son ejemplos de falta de equilibrio y control motor limitado. Los profesores suelen señalar dificultades para aprender nuevas tareas físicas, mientras que los padres pueden observar resistencia a la hora de vestirse o de realizar rutinas de higiene que requieran habilidades de motricidad fina.

También es habitual observar repercusiones emocionales, como una baja autoestima o frustración, cuando el niño no es capaz de realizar tareas que a otros niños les resultan fáciles. Si estas dificultades de movimiento persisten más allá de la edad en la que se alcanzan la mayoría de los hitos motores, pueden indicar un problema más profundo, más allá de una simple inmadurez.

Reconocer estos signos puede facilitar la derivación temprana a evaluaciones para el diagnóstico de la dispraxia, así como la puesta en marcha de estrategias de afrontamiento y de una terapia adecuada.

 

Cómo se diagnostica la dispraxia en los niños

El diagnóstico de la dispraxia implica un proceso de varias etapas dirigido por profesionales sanitarios. Dado que no existe una prueba única para el trastorno del desarrollo de la coordinación (TDC), el diagnóstico se basa en una evaluación detallada de los antecedentes, el comportamiento y el rendimiento motor del niño.

Los profesionales, como los psiquiatras infantiles, los pediatras especializados en desarrollo y los terapeutas ocupacionales, desempeñan un papel fundamental. Comienzan por evaluar los hitos motores del niño, su historial médico y cualquier factor de riesgo conocido, como el bajo peso al nacer, el peso muy bajo al nacer o los antecedentes familiares de trastornos mentales.

Las herramientas de evaluación pueden incluir pruebas estandarizadas que evalúen las habilidades motoras finas, las habilidades motoras gruesas, la percepción visomotora y la planificación motora. Las observaciones del niño mientras realiza tareas de motricidad fina y actividades físicas son fundamentales para identificar cómo las dificultades motoras interfieren en su vida cotidiana. Para cumplir los criterios del Manual Diagnóstico y Estadístico, las dificultades deben ser persistentes, no estar causadas por otra afección médica y deben interferir de manera significativa en el funcionamiento.

Recibir un diagnóstico definitivo permite a las familias comenzar a tratar la dispraxia mediante terapias específicas y apoyo educativo, lo que brinda al niño más oportunidades de desarrollar estrategias de adaptación y de tener éxito en la escuela y en la vida.

El papel de la fisioterapia en el tratamiento de la dispraxia

La fisioterapia es fundamental para ayudar a los niños con dispraxia, especialmente a aquellos que presentan dificultades en las habilidades motoras gruesas, como el equilibrio, la postura y la coordinación. Los fisioterapeutas ayudan a los niños a fortalecer los sistemas corporales implicados en el movimiento, centrándose en el sistema nervioso y la coordinación motora.

A través de actividades físicas estructuradas, los terapeutas ayudan a los niños a mejorar su resistencia, flexibilidad y confianza en sus movimientos. Los ejercicios pueden centrarse en los patrones de marcha, los movimientos oculares, la percepción espacial y la capacidad para realizar movimientos coordinados. Estas mejoras pueden reducir los casos de falta de equilibrio y las dificultades a la hora de jugar, lo que ayuda al niño a sentirse más a gusto en entornos grupales y durante las clases de educación física.

Las sesiones de terapia se adaptan a las dificultades motoras específicas y a la etapa de desarrollo de cada niño. En el caso de los niños en edad escolar, los fisioterapeutas pueden colaborar con los profesores para adaptar las actividades en clase y en el patio, garantizando así que el niño pueda participar plenamente.

Al centrarse en alcanzar los hitos motores mediante la repetición y el estímulo, la fisioterapia fomenta tanto el desarrollo físico como el emocional, lo que contribuye a la capacidad del niño para aprender nuevas habilidades y adquirir independencia.

Cómo ayuda la terapia ocupacional a mejorar el funcionamiento diario

Mientras que la fisioterapia se centra en los movimientos más amplios, la terapia ocupacional se centra en mejorar la capacidad del niño para desenvolverse en las rutinas diarias que requieren habilidades de motricidad fina y coordinación. Para niños con dispraxia, por ejemplo, sujetar un lápiz, atarse los cordones de los zapatos, usar tijeras o manejar cremalleras y botones.

Un terapeuta ocupacional trabaja en estrecha colaboración tanto con el niño como con su familia para identificar las dificultades específicas en las tareas de motricidad fina y establecer objetivos realistas y por etapas. En las sesiones suelen utilizarse actividades diseñadas para mejorar la integración sensorial, la planificación motora y las habilidades de resolución de problemas, capacidades fundamentales para aumentar la independencia.

Por ejemplo, el uso de plastilina terapéutica o pinzas puede mejorar la fuerza y la destreza de las manos, mientras que los ejercicios de seguimiento visual se centran en los movimientos oculares y la percepción visomotora. Estas habilidades son esenciales para tareas académicas como escribir, recortar y teclear.

Además, los terapeutas ocupacionales ayudan a desarrollar estrategias de afrontamiento que reducen la frustración y fomentan la perseverancia, especialmente en niños en edad escolar que puedan tener dificultades con el rendimiento académico o con las comparaciones sociales con otros niños.

El tratamiento de la dispraxia mediante enfoques multidisciplinares

Therapist working one-on-one with a child at a table with drawing materials

Para tratar la dispraxia de forma eficaz, a menudo es necesario que un equipo de profesionales trabaje conjuntamente para abordar toda la gama de dificultades. Dado que la dispraxia en los niños afecta tanto a las habilidades motoras finas como a las gruesas, es fundamental contar con una atención coordinada por parte de profesionales de la fisioterapia y la terapia ocupacional.

En un enfoque multidisciplinar, los terapeutas, los educadores y las familias colaboran para elaborar un plan de apoyo personalizado. Esto incluye abordar las dificultades de coordinación motora, tratar las reacciones emocionales, como la baja autoestima, y proporcionar adaptaciones adecuadas en el aula para mejorar el rendimiento académico.

Las estrategias pueden consistir en dividir las tareas complejas en pasos más pequeños, utilizar apoyos visuales para las instrucciones e integrar actividades físicas a lo largo del día. Muchos programas incorporan la integración sensorial para ayudar a los niños a procesar mejor los estímulos táctiles, visuales y auditivos, algo fundamental para mejorar la planificación motora y la ejecución de movimientos coordinados.

Este modelo integral garantiza que los niños con dispraxia reciban apoyo educativo, terapia y apoyo emocional. Con un esfuerzo constante, pueden desarrollar estrategias de afrontamiento, adquirir nuevas habilidades y alcanzar el éxito tanto en el colegio como en la vida cotidiana.

¿Cómo se trata la dispraxia a lo largo del tiempo?

Aunque la dispraxia en los niños es una afección que dura toda la vida, una intervención temprana y constante puede ayudar a mejorar su funcionamiento y su confianza con el paso del tiempo. El tratamiento de la dispraxia va cambiando a medida que los niños crecen, adaptándose a la evolución de sus necesidades en cuanto a habilidades motoras, regulación emocional y exigencias académicas.

En las primeras etapas, el tratamiento suele centrarse en la coordinación motora básica, recurriendo a la fisioterapia para desarrollar las habilidades motoras gruesas y a la terapia ocupacional para facilitar las tareas de motricidad fina. A medida que los niños crecen, la terapia se centra cada vez más en la independencia funcional y la participación en la vida cotidiana, incluyendo la educación física, la escritura y el cuidado personal.

El apoyo también puede abordar problemas emocionales como la baja autoestima y las dificultades sociales, especialmente en el caso de los niños mayores que se enfrentan a entornos complejos junto a otros niños. A medida que avanza la terapia, los niños aprenden a desarrollar estrategias de afrontamiento que les facilitan gestionar las expectativas y evitar la frustración.

La colaboración continua entre las familias, los educadores y los terapeutas garantiza que el tratamiento de la dispraxia se adapte a las necesidades de cada caso. Para la mayoría de los niños, un apoyo constante se traduce en un aumento progresivo de la confianza, las habilidades y la independencia.

Apoyo a los niños mayores con dispraxia

Los niños mayores con dispraxia suelen enfrentarse a retos distintos a los de la primera infancia. A medida que las tareas escolares se vuelven más complejas y las relaciones con los compañeros se intensifican, los problemas relacionados con las dificultades de coordinación motora, la motricidad fina y el rendimiento académico pueden hacerse más evidentes.

Estos niños pueden tener dificultades para escribir a mano, organizar sus materiales escolares o participar en actividades físicas en grupo. Pueden sentirse aislados de los demás niños debido a sus frecuentes errores, a la lentitud con la que realizan las tareas o a su bajo rendimiento tanto en lo académico como en lo deportivo. Esto puede provocar una baja autoestima y que eviten aquellas tareas que pongan de manifiesto sus diferencias.

Los profesores y las familias pueden ayudar proporcionando apoyo educativo, utilizando herramientas como organizadores gráficos, programas de conversión de voz a texto y actividades adaptadas en el aula. La terapia ocupacional y la fisioterapia continuadas siguen siendo esenciales para desarrollar y reforzar las habilidades funcionales.

Al comprender las necesidades específicas de los niños en edad escolar con dispraxia, los adultos pueden crear un entorno que fomente el éxito y potencie los puntos fuertes del niño, en lugar de centrarse en sus limitaciones.

La dispraxia y su impacto en la vida escolar

La escuela puede suponer un reto especial para los niños con dispraxia, sobre todo cuando la planificación motora y la coordinación afectan tanto a su rendimiento académico como a su participación social. Las dificultades en tareas de motricidad fina, como escribir, recortar o utilizar el material escolar, pueden dar lugar a un bajo rendimiento, incluso cuando el niño no presenta retrasos cognitivos.

Además, las habilidades motoras gruesas pueden afectar al rendimiento en educación física, lo que puede provocar reticencia o el abandono de las actividades en grupo. La combinación de dificultades de aprendizaje, frustración y la sensación de ser “diferente” de los demás niños puede desencadenar problemas de atención o respuestas conductuales que compliquen aún más el aprendizaje.

Los profesores pueden malinterpretar los síntomas del TDC como una falta de esfuerzo, en lugar de considerarlos un trastorno del desarrollo. Por eso, la detección precoz, las adaptaciones y el apoyo educativo específico son fundamentales para fomentar la inclusión y el éxito.

Con la orientación de los terapeutas ocupacionales, los docentes pueden adaptar las clases, incorporar pausas para moverse y fomentar las habilidades de resolución de problemas, con el fin de ayudar a estos alumnos a prosperar tanto en el ámbito académico como en el social.

Comprender las dificultades de movilidad en la vida cotidiana

Para ofrecer un apoyo completo niños con dispraxia, es importante describir las dificultades de movimiento en el contexto de las rutinas de la vida cotidiana. Estos niños pueden tener problemas para lavarse los dientes, abrocharse la ropa o montar en bicicleta, tareas que requieren tanto coordinación motora como la capacidad de seguir una secuencia paso a paso.

Estas dificultades suelen deberse a problemas de planificación motora, a una reducción de las habilidades motoras gruesas y a dificultades en la integración sensorial. En casa, esto puede provocar frustración durante las rutinas de aseo personal, mientras que en el colegio puede manifestarse en forma de falta de equilibrio, movimientos torpes o lentitud durante los cambios de actividad y las tareas.

Los padres y cuidadores pueden observar signos tempranos, como que se le caigan objetos con frecuencia o que tenga dificultades para participar en juegos estructurados. Sin una intervención adecuada, estas dificultades pueden afectar de manera significativa a su independencia y confianza, lo que podría dar lugar a una baja autoestima.

Detectar y abordar estas dificultades desde el principio, con la ayuda de fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales, ayuda a los niños a desarrollar estrategias de afrontamiento y a alcanzar un mayor éxito en su vida cotidiana.

El complejo proceso que hay detrás del desarrollo del DCD

Las causas del trastorno del desarrollo de la coordinación (TDC) no se conocen del todo, pero las investigaciones apuntan a un proceso complejo en el que intervienen el sistema nervioso, el desarrollo cerebral y factores de riesgo externos. Uno de estos factores de riesgo es el peso muy bajo al nacer u otras complicaciones durante el parto que afectan al funcionamiento cerebral temprano.

Algunos niños pueden tener antecedentes familiares de dificultades motoras o trastornos mentales relacionados, lo que puede aumentar la probabilidad de desarrollar dispraxia. Sin embargo, es importante recordar que los niños son muy diferentes entre sí y que un retraso en los hitos motores no siempre indica que haya un problema.

Cuando los problemas de coordinación motora persisten y empiezan a afectar de forma significativa a la vida cotidiana, es fundamental acudir a profesionales sanitarios para que realicen una evaluación. La detección precoz permite poner en marcha medidas de apoyo adecuadas, como la terapia y estrategias en el aula, que pueden mejorar considerablemente el desarrollo del niño y reducir el impacto a largo plazo de la afección.

Puntos clave para padres y educadores

Comprender la dispraxia en los niños significa reconocerla como un trastorno del desarrollo real, a menudo malinterpretado, que afecta a la forma en que el niño se mueve, aprende e interactúa. Desde los primeros indicios, como la falta de equilibrio y los retrasos en las tareas de motricidad fina, hasta las dificultades en el colegio con el rendimiento académico y las actividades físicas, el impacto es amplio, pero se puede gestionar con el apoyo adecuado.

Los padres, los profesores y los terapeutas deben colaborar para identificar los síntomas, hacer un seguimiento de las dificultades de coordinación motora y crear un entorno de aprendizaje que les brinde apoyo. Herramientas como la terapia ocupacional, la fisioterapia y la enseñanza individualizada son fundamentales para ayudar a los niños a desarrollar estrategias de adaptación, ganar confianza y adquirir nuevas habilidades.

Es importante destacar que cada niño es diferente: los niños presentan grandes diferencias en cómo les afecta la dispraxia. Si nos centramos en sus puntos fuertes, les ofrecemos apoyo educativo y fomentamos un progreso gradual en las habilidades motoras, podemos ayudar a los niños a desarrollarse plenamente a pesar de las dificultades.

Ya sea mediante adaptaciones en el aula, una terapia constante o la participación de la familia, el objetivo es siempre ayudar a los niños a alcanzar su máximo potencial —emocional, social y físico— a su propio ritmo.

Cómo ayuda Magrid a los niños con dispraxia

Magrid está diseñado para ayudar a los niños con dispraxia y a aquellos con trastorno del desarrollo de la coordinación (TDC), reduciendo las barreras que pueden suponer los métodos de aprendizaje tradicionales. Al tratarse de una solución interactiva de aprendizaje de matemáticas basada en una tableta, Magrid permite a los niños familiarizarse con los conceptos matemáticos sin depender en exceso de la escritura a mano, las tijeras u otras herramientas que requieran habilidades motoras finas avanzadas.

Para los niños en edad escolar, especialmente aquellos con dificultades motoras, el enfoque digital visual y práctico de Magrid fomenta la percepción visomotora, la capacidad de resolución de problemas y la comprensión conceptual a un ritmo que respeta las necesidades individuales. Las tareas están estructuradas para minimizar la frustración, al tiempo que fomentan la exploración, la repetición y el éxito.

Magrid se complementa con la fisioterapia y la terapia ocupacional, reforzando el aprendizaje sin suponer una carga motora innecesaria. Ofrece un apoyo educativo significativo a los niños que tienen dificultades en el rendimiento académico debido a problemas de coordinación, más que a una falta de capacidad.

Al centrarnos en la confianza, la participación y un aprendizaje accesible, Magrid Ayuda a los niños a desarrollar nuevas habilidades, a mantener la motivación y a experimentar el éxito, al tiempo que se trata la dispraxia en un entorno educativo que les brinda apoyo.

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